Nebraska

El centro comercial era nuevo, un ballenato gigante enfrente de las vías de metro que desemboca en la Plaza de Aluche, un Carrefour inmenso. Esa tarde me dí una vuelta por la sección de discos. Como todo estaba nuevo y un poco en el aire, las medidas de seguridad aun no habían llegado al celofán de los ocupantes de esta sección. Yo tendría unos 16 años y poca madera para el robo, pero si me llegan a detener hubiera jurado que no fui yo, que fue la portada quien me llamó y me dijo: “Fffiú! Chaval! Cógeme!!” porque fue así como ocurrió. En el estante, la foto hecha desde el interior de un coche a una carretera eterna, me paró de un silbido y me dijo que si lo sacaba de ahí me dejaba conducir. -Pero no tengo dinero- dije en un susurro. -No te preocupes, la gasolina la pongo yo. ¡Tú sácame de aquí!

Me lo eché al bolsillo como un chiquillo que lleva una rana a clase, suplicando porque no croara y salí de allí como un ford fiesta a la huida. Volví a pasar alguna vez por la misma sección y se volvió a repetir la escena del silbido, hasta llenar un charquico de ranas maravillosas. Pero cierto es que este croar es el que más me ha influido hasta la fecha.

Cuando puse la galleta del cd en el equipo, una harmonica polvorienta sonó como una puerta hacía el otro lado, “Bienvenido” me dijo la misma voz click here que escuché en el centro comercial, “esto es lo que has estado buscando toda la vida y esto es lo que vas a buscar”. Sin ponerme muy tierno, “Nebraska” es el disco al que vuelvo, hoy no tanto como me gustaría, pero hubo unos años que fue clave para el equilibrio vital.

Nebraska, si. Ha habido mas Nebraskas a lo largo del camino. En una esquina de mi calle en Albacete estuvo durante mucho tiempo el bar “Nebraska”, del que guardo recuerdos vívidos. Un día estuve a punto de irme de verdad a Lincon, Nebraska. Cansinee durante meses a los que me encontraba por la calle que me iba a Nebraska, al final no me fui.

El disco sigue estando en mi estante, hoy se puede escuchar incluso en Spotify. Menos mal que aun no existía, así tuve tiempo de escuchar el croar de cada ranilla en mi pequeña charca.

Hoy paso por las secciones de discos de los centros comerciales y ya no oigo aquellos silbidos. De hecho tuve que comprar uno de Micah P. Hinson que pese a mi insistencia a que me silbara, no hubo manera, me dijo “Paga chaval, tu temporadita de pillín pasó hace tiempo ya”. Y eso hice, y al escuchar “Beneath the rose” me sonreí al sentir que aun sigue vivo el asombro y que durará siempre que haya una buena colección de canciones, lleguen como lleguen a tu discoteca. Incluso desde Spotify, ese mar de ranas inmenso.