Mi pueblo y la mítica del cruce de caminos.

 

Mi pueblo es un cruce de caminos, por aquí pasan cada vez menos trenes, unas cuantas autovías y carreteras secundarias que reparten al personal a la costa, a la capital o a los pueblecitos tranquilos. Corren a sus anchas los vientos arreglando peinados y molestando en los oídos. De aquí siempre hay uno que se va, pero imagino que esto pasará en todos los apeaderos. Si, tiene este pueblo la mítica del cruce de caminos, con sus horizontes tan anchos, su humor tan negro, con su polvo en las botas, con sus almas vendidas.

Como en casi todo, es dentro donde está lo interesante y son los cruces de caminos interiores donde se forja el blues, el pop o la electrónica de las conexiones neuronales. Voy a contar los que me pasó la otra tarde en uno de estos cruces.

Para los que usamos la guitarra hay un lugar donde nunca tira el viento el cartel, por mucho que sople, un lugar por donde pasan casi todos los guitarristas que conozco, donde siempre vuelven. Este lugar es la casa de Adrián Navarro, el de Aceitunas Adrian, si. Tengo un buen amigo que le dice con todo el cariño “Gepeto”, el Gepeto de las guitarras. Y es que es así, arregla, crea y les da la vida a las maderas que toca, les concede un espíritu con el que salir a decir la verdad. El mimo y el saber con que este hombre trata estos instrumentos es para llevar a un museo a que lo vean. Aquí el que escribe puede presumir click here de tener una Telecaster hecha por él, encargada por mi güacho para poder traerla debajo del brazo cuando naciera, y que es un cañón con esa forma tan amada.

Pues a esta posta fui la otra tarde, ya digo y claro, me crucé con un guitarrista que no era otro que Alberto Sánchez. Pregunta si quieres por ahí quién es este tipo (Mr.Miau, Matadero Band…Blind Revelators), pero yo te lo adelanto, es uno de los tios mas finos con la guitarra que hay por estos lares (guitarras, banjos, ukeleles, steel guitar…) y que ya me contará, pero debió pactar. Fueron unos minutos los que coincidimos, pero me bastaron para pedirle que si quería colaborar en la canción que llevo entre manos en el estudio de Rafa Caballero y que me dijera que sí, que está bien liado y tal  pero que si. Y es que los buenos son buenos, hayan pactado o no, por el vicio que tienen y porque no saben decir que no a una canción.

Ya ves, en cruces como este vendo yo mis almas por un puñado de acordes bien tocados y si hay que echar cuentas con el diablo o con la cajera del mercadona, pues se echan, pero la canción sigue sonando, el vicio sigue alimentado, la rueda no deja de girar y el viento sigue soplando. Tal vez, a lo lejos, un banjo o una guitarrita flamenca, esperan quién será el próximo en llegar a cambiar su más allá por el don de tocar y que otro, al vuelo, lo ponga a grabar.