Madrid, Fnac, IndieVisión, con los termómetros como botellas de Ron, a 42º.

Las fuerzas que se alían en Madrid (Elena Rosillo y Antonio Hurrah!) me llevan a la capital justo cuando los termómetros de la ciudad parecen botellas que anuncian bebidas destiladas de mas de 40º.

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Sólo Angus Young puede subirse a un escenario con los pantalones cortos del colegio. A los demás nos toca seguir con los vaqueros a cuestas, maravillosa prenda que no abriga en invierno y acalora en verano. Si además cuentas que para llegar al centro comercial de la Gabía, donde está Fnac, hay que atravesar un desierto la cosa coge aun mas cuerpo, benditos días de escuela.

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La mítica del rocanrol y los lugares de paso. Estaciones de tren, bares de carretera, cruces de caminos, a los que hay que añadir los centros comerciales. Que bien colocado está todo en el Fnac, la gente pasea por su moqueta sin preocupaciones, con el hilo musical y el aire acondicionado. Tienen espacio para los niños justo al lado donde ponen a un cantante que no está de moda aunque su foto, anunciando la agenda de Julio, pretenda decir lo contrario. Sí, es un lugar de paso, que se percibe cuando con cada canción que cantas ves a un público nuevo, gente que ya ha adquirido su libro o que se ha quitado el golpe de calor y de paso ha visto a un muchacho cantando en la sección de descatalogados. He de decir que un par de parejas con sus chiquillos fueron los fijos en el show. Una porque la mamá estaba con la teta y su bebé (mamar viene de mamá y amar, afortunado yo por amenizar la toma) y otros porque andaban ya cansados y se pararon a reír y escuchar. Ups, fui un crooner de centro comercial. De cualquier manera si me llaman otra vez, vuelvo.

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Cuando las ofertas se acabaron cogimos los pocos trastos que llevábamos y nos fuimos por donde habíamos llegado Elena Rosillo, Antonio Hurrah y yo. De nuevo al desierto del Madrid de las afueras. Estaciones de metro como oasis.

Este fin de  semana se podían ver por esas calles chicos orgullosos celebrando su fiesta reivindicativa. Sólo espero que la noche en que consigamos el reconocimiento, el respeto y la paz entre las gentes, no dejen de montar este chocho, pues Madrid perdería parte de su esencia. ¿Cual? “búscala” te dicen sus adoquines.

IndieVisión, en plena Malasaña, con Santi a los mandos para darle al barrio un poco mas de solera.

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Pasó por allí, justo después de la prueba de sonido, Jero Romero, el ex-piloto de motos, que conocía bien el circuito de Albacete, pues se lo corría de chaval a toda velocidad hasta que se pegó una hostia que lo recondujo al mundo de la música, para grabarme una charla/entrevista que estuvo muy bien. Joder, me hizo plantearme de qué y cómo hablo en click here mis canciones. Agradecí la propuesta de las preguntas, pues no quería saber lo de siempre, sino lo de nunca. Puedes escucharla aquí si quieres.

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Se acercaba la hora del show y la entrada era realmente baja. Ya he dicho que los cantantes que no están de moda es lo que tienen, viven entre el sueño y los bares vacíos. Pero Elena, que es la que organizó el bolo, había hecho sus deberes y en Julio, en Madrid, el día del Orgullo, trajo a 20 personas que pagaron su entrada y estaban convencidas a escuchar. Y así pasó, que las canciones sonaron cómodas con su vaso de Ron en la mesita, al lado del micrófono. Para mi ego, la certeza de que no conocía a nadie y que el mismo público se mantendría una tras otra canción. Y así fue. Ratos por los que merece la pena sudar en vaqueros.

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En realidad miento. Sí conocía la cara de uno de los que por allí pasó, Roberto, un viejo amigo y batería de la primera banda que tuve, el Koyote Cojo. Él es uno de los que está en los versos de “Sueño de rocanrol” -En el cajón están las fotos que dirán que aquellas calles fueron verdad. Tengo algunos amigos esperándome en el filo”.- Sí, señor.

Conocí a Miguel Rosillo, que se emocionó en el show y luego él me emocionó a mi con su teoría de la música y el presente, y la historia de la cantera donde el ser humano vivió un millón de años, así, piedra con piedra, piedra con piedra, el sonido universal. Se perdió en la noche como una sombra que siempre estará cerca pero en otro lugar.

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Las noches en Madrid tardan en terminar, Negativo Bar, chupitos, taxi hasta Barajas y coche conducido por Elena con la maestría de un piloto que no teme a la velocidad ni a las curvas, escuchando a Villanueva y su disco “Viajes de ida”, un descubrimiento. Los termómetros ya habían bajado su graduación, los sentidos se sentían bien con las ventanillas bajadas, las luces de las farolas y la buena música alta. Dormí en una roulotte aparcada en el jardín de Elena Rosillo. Debió ir de paso pero un buen día se quedó allí para siempre, como un hotel individual con vistas a Madrid. A la mañana siguiente Elena me bajo al metro para llegar hasta Atocha. Si no le agradecí lo suficiente lo hecho, aquí me desquito. Gracias por todo, Jefa.

Volví en tren y en la estación me esperaban mis favoritos, hasta la perra estaba en el coche con las maletas para irnos al pueblo. Aquí, donde los termómetros gradúan también buena destilación, pero no hay semáforos ni prisas, y se oyen a los perros ladrar por la noche. Para mi, el mejor final.

En cuanto me llamen otra vez, vuelvo sin dudarlo, haga frio o haga infierno.

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