Sala llena, sala vacia.

Sigo con el tole tole de recorrer los caminos que acojen el acento manchego, por no alejarme mucho de estos cielos, por conocerlos, por cruzar sus horizontes.

La otra noche llegué a Alcázar de San Juan, cruce de trenes, invitado por Paco y Alberto de Caniche Macho, que presentaban su nuevo vídeo clip y montaban un sarao  con su gente. Fue insistencia mía que me hiciera un hueco en realidad, pues quería volver a tocar en este pueblo donde una noche acabé hablando con una máquina de tabaco.

Es un lugar extraño y laberíntico donde la marcha y muchos bares están en el polígono industrial. Que digo yo que no tendrán bastante los currelas durante la semana, que además van a él a tomar el fin de semana. Desde luego que problemas con los vecinos no habrá, esto es un gran punto a favor de esta ubicación.

El Monago es un sitio que invita al show acústico como el que me acompaña en el maletero de mi orquesta para uno. Tiene su escenario con telas y luces, algo recogido donde no cabe una batería de fondo pero que, para un tipo o para tres en el caso de Caniche Macho, es perfecto. Las mesas de café bien dispuestas delante y un poco mas allá la barra. Tiene rollo el local y es por esto que cuando alguien con tirón como los anfitriones deciden mostrar sus canciones, la sala se llena.

Pero ¡ay amigo!, ” ¿a que horas viniste tú a cantar tus canciones click here de amor y desastre?, que nosotras lo que queremos es bailar a esta hora en que se cae la hoja del calendario, y si no te hacemos caso mi amor, no es porque no nos gustes, es que estamos tan agustito contándonos nuestras alegrías y alguna pena…”

Lo sé, mi mueca ha cerrado algún bar, mi chaqueta, a estas alturas de la baina, se sube el cuello sola…”¿donde está el almacén que me invente un camerino y vaya calentando la voz y el gesto?”

De cualquier manera me gusta el show, me gusta casi en cualquier lugar, a cualquier hora, me gusta que me escuchen, incluso que no me escuchen, igual que crecen hierbajos entre el cemento, si me toca subir a cantar, subo aunque a veces la canción sea eso, un hierbajo entre el cemento. Entiendo que siempre habrá alguien que pase y lo mire, incluso alguien que pudiera llegar a sorprenderse. Es cierto que, igual, no es lugar para una planta, quizá no se debiera cantar a estas horas donde la gente no mira y no calla, pero resulta que es la hora que pone en el cartel y que también entre el gentío habrá quien, sin saber de botánica, se pare a escuchar.

Pues fue para estos y también para mi para quienes canté en el Monago, hierbajos salvajes, hierbajos fuera de lugar, hierbajos buscando su sitio entre el ruido y la cháchara, hierbajos de amor y desastre.

La sala estaba llena, pero sentí que tocaba en una sala vacía.